jueves, 12 de junio de 2014

Los benditos dirán: ‘siempre hemos vivido en el cielo”

Extractado de:

Nuestra Iglesia no desecha sino que protege, evangelizando, esta vida para su trascendencia eterna. Los cristianos tenemos fe en nuestro destino eterno y también amamos a Dios y a nuestros semejantes en la vida temporal. Amamos la existencia. Dios nos corresponde alejándonos del temor a nuestra propia muerte con su promesa de vida eterna. Sin embargo experimentamos comprensible angustia cuando percibimos como terribles los momentos previos a la muerte de muchas personas.

Jesucristo humanado con perfección libre de pecado, sufre angustia en el huerto de Getsemaní. “Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allá a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (San Mateo 26: 36 a 39).  

San Buenaventura nos conmueve con sus Meditaciones: “El señor ora. Hasta ahora varias veces se le ha visto orar, pero oraba por nosotros como nuestro abogado. Ahora ora por Él mismo. Compadécete y admira su profundísima humildad. En efecto, es Dios, coeterno e igual a su Padre; y helo aquí, olvidando en cierto modo su divinidad, rogando como un hombre, y se presenta suplicando al Señor como el último del pueblo. Considera también su perfectísima obediencia. ¿Qué es lo que pide? Conjura a su Padre para que aleje la hora de su muerte; si quisiera pudiera, ciertamente, evitar la muerte, más no se acepta su súplica porque había en Él otra voluntad contraria a su deseo. En efecto, entonces su voluntad era múltiple (divina y humana, dos naturalezas), como más adelante diré. Compadécete de Él, ya que su Padre quiere absolutamente que muera para salvarnos a todos. “Pues ha amado al mundo de tal modo que le ha dado su Hijo único”. Y el Señor Jesús acepta esta ley y la ejecuta con respeto. En tercer lugar, ve el indecible amor del Padre y del Hijo hacia nosotros, este amor tan digno de nuestra admiración, veneración y piedad. Es por nosotros que se pronuncia el decreto de muerte, es por nuestro amor que se ejecuta.

El señor Jesús ruega largo tiempo a su Padre, y dice: “Padre clementísimo, yo te suplico que escuches mis ruegos y no desatiendas mis súplicas. Mírame y óyeme, porque estoy atribulado, mi espíritu inquieto y mi corazón turbado. Inclina hacia mí tu oído, y escucha mi ruego. Te plugo, Oh Padre mío, enviarme al mundo para satisfacer la injuria que el hombre te había hecho y al punto acepté para cumplir tu voluntad; sin embargo, Padre mío, si es posible, líbrame de esta amargura cruel que mis enemigos me preparan. Han seducido a mi discípulo, se han servido de él para perderme, y le han dado en pago treinta monedas de plata. ¡Oh! Padre mío, yo te ruego que apartes de mí este cáliz…  Mas no se haga mi voluntad sino la tuya. Padre mío, levántate para ayudarme, apresúrate a socorrerme”.

En seguida va a donde estaban sus discípulos, los recuerda y los exhorta a buscar nuevas fuerzas en la oración. Después volvió a su oración dos y tres veces, repitiendo la misma súplica, y añadió: “Padre, si has decretado que sufra el suplicio de la cruz, que tu voluntad se haga. Pero te encomiendo a mi Madre amadísima y a mis discípulos. Hasta ahora yo he velado sobre ellos: continua haciéndolo Tú, Padre mío”. 

Jesús tiene una sensibilidad que hace insuperable su sufrimiento moral y físico.  

“La flagelación romana era un horrible martirio. Desnudo completamente el delincuente, se lo ataba, a una columna de la altura del hombre y se lo azotaba sin compasión por cuatro verdugos, sin límite en el número de golpes; el instrumento de la flagelación solía ser el azote o la correa. El azote se hacía de cuero, y a menudo iba provisto de aguijones y de trocitos de hueso en forma de cubos, de botoncitos metálicos o de bolitas esféricas. Cuentan de los mártires de Esmirna (act. Izmir), que se les descarnaba hasta que aparecían los tendones y las redes vasculares, de suerte que se les podía apreciar la estructura interior del cuerpo. Filón, con otros muchos escritores, refieren que a menudo los flagelados desfallecían y venían a morir (Schuster-Holzammer)”.



“Los soldados escarnecen a Jesús. Han oído que acusaban a Jesús de que quería proclamarse rey y hacen una parodia, presentándolo como rey de burla.

Le ponen un jirón de púrpura por manto, una corona de espinas como otro tormento intenso, y una caña- con la que lo herían en la cabeza- por cetro y doblan su rodilla ante él abofeteándolo, escupiéndolo, injuriándolo.

Quedó de tal suerte desfigurado Jesucristo después de aquellos primeros tormentos, que no tenía aspecto de hombre. Y creyendo Pilatos que la presencia de Jesús movería a compasión a la multitud, lo hace salir afuera y, presentándolo al pueblo, dice: ‘Aquí tenéis al hombre’. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo!
Pilatos, sin pretenderlo, dijo con estas palabras una gran verdad. Jesucristo, que es verdadero Dios, es también hombre y modelo perfecto para todos los hombres. La perfección moral del hombre no consiste en otra cosa más que en la imitación de Jesús” (Rvdo. Enrique y Tarancón).


La muerte en la cruz la emplearon en gran escala los romanos como el suplicio más cruel y denigrante que existía.

Era la pena que sufrían los esclavos y criminales. Era costumbre desnudar a los crucificados para así aumentar su humillación.

En el suelo, se les clavaban los brazos al palo transversal de la cruz, que ellos mismos habían llevado hasta el lugar del suplicio. Los clavos se introducían próximos a las manos entre los dos huesos de cada antebrazo. Cuando los brazos estaban clavados, se izaba a los condenados con sogas para colocar el palo horizontal sobre el vertical ya hundido en la tierra. Se clavaban entonces los pies, introduciendo el clavo entre los huesos de los tobillos. La permanencia de los clavos, en todas las perforaciones contra nervios principales, provocaba dolores indescriptibles. Finalmente, se clavaba la tablilla de acusaciones en lo alto de la cruz. A veces los crucificados eran amarrados con cuerdas. La cruz no era esbelta. Era corta y los pies quedaban a muy poca distancia del suelo. Entre las piernas una especie de saliente en el madero sostenía el cuerpo, que quedaba apenas sentado. Se trataba así de evitar que el crucificado se desplomara, para prolongar lo más posible su sufrimiento. Muchos crucificados permanecían varios días agonizando en la cruz rodeados de aves de rapiña y animales salvajes. La insoportable posición de todo el cuerpo iba dificultando cada vez más la respiración y generalmente la muerte de los crucificados sobrevenía por asfixia. Jesús murió en horas por la terrible flagelación que le habían infligido (P. José María Vigil).



Jesús que se entregó a la Pasión por nosotros- cuando alcanza todo el sufrimiento posible, ruega al Papá (Abba) con angustia pero sin desesperación:

“¡Dios mío, Dios mío! (¡Elì, Elì!) ¿por qué me has abandonado?”(Mt 27, 46)

Se sobrepone a la última tentación de Satanás: el miedo que siente de haber sido abandonado por su Padre, y hace su última declaración “Todo está cumplido” San Juan 19:30, (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Lucas 23:46) y muere.  Jesucristo cargó con todos los sufrimientos y pecados de la humanidad para nuestra redención.                                                                                                                                                                                                       
SantoTomás de Aquino trata con rigor teológico sobre Su Pasión.  



Está claro que por diferentes motivos, la propia muerte en sí tampoco causa temores en la mayoría de ateos y agnósticos que conciben como consecuencia natural el cese de su existencia o alguna probable opción misericordiosa. Sólo los teístas tienen la esperanza de Vida Eterna.                                                                                                                           
 
La desesperanza parece justificada para muchos seres humanos, pero todos desean conservar su existencia. En “El suicidio: deseo imposible” (Ediciones del Signo), la filósofa Diana Cohen Agrest lo define así ‘al modo’ de Baruj Spinoza circunscribiéndolo al orden de la imaginación. El suicidio es desesperación, nunca deseo de no existir felizmente.  

A partir de la comprensión y aceptación de la existencia de Dios confiamos en que Él decide de la mejor forma posible todo lo que percibimos como misterios insondables aun los más dolorosos.                                                                                                                 


En “Creación y realidad…” exponemos argumentos y pruebas filosóficas sobre la imposibilidad de inexistencia absoluta y sobre la existencia del Ser que- como causa primera y única razón de la existencia- llamamos Dios. 
El cientificismo ateo pretende negar la existencia de Dios, sin pruebas científicas ni filosóficas acerca del origen espontáneo de todo lo existente- proponiendo por ejemplo- que en el vacío (no nada) al producirse fluctuaciones aparecen partículas de energía y sus correspondientes antipartículas con velocidades opuestas. Instantes después dichas partículas se atraen y eliminan mutuamente, es decir que se anulan inmediatamente hasta que una asimetría, todavía no explicada por la física, en una pareja partícula-antipartícula habría producido que ‘algo’ persistente se impusiera al vacío hasta la coherencia de la materia.  

 


No vamos a abundar en este capítulo sobre hipótesis sin sustento filosófico ni científico para cuestionar la Creación por un ser superior.


Tampoco vamos a hablar del  sinsentido que supone la mejor situación en la cual se encontraría, si no hubiera nacido, ‘quien’ nunca existió.


El mejor argumento del ateísmo sigue siendo la existencia del sufrimiento especialmente de los inocentes. ¡Qué espanto tanto sufrimiento en todo el mundo!
Aunque con diversos orígenes, se asocian sufrimiento y mal. El sufrimiento y el mal se perciben presentes con desproporcionada mayoría sobre la felicidad y el bien en el mundo sensible. Padres y Doctores de la Iglesia, santos, teólogos y filósofos se han ocupado ampliamente sobre este problema. Desde Epicuro que niega la omnipotencia y existencia de Dios, pasando por pensadores que intentan explicar el sufrimiento y el mal con la supuesta indiferencia de un Creador en varias postulaciones deístas, hasta la teodicea de Leibniz donde dice: "Sigo en esto la opinión de san Agustín que ha dicho cien veces que Dios permitió el mal para sacar de él un bien, es decir, un bien mayor; y la opinión de santo Tomás de Aquino quien dice que la permisión del mal tiende al bien del universo" (Resumen de la Teodicea, Buenos Aires, Editorial Charcas).
 
En este trabajo puede leerse parte de una monografía sobre “Relación entre los conceptos Felicidad y Sufrimiento en C.S. Lewis”.

La incertidumbre sobre nuestros propios sufrimientos es parte de la razón suficiente de éstos.

Cuando los provida nos manifestamos contra el aborto, decimos del ser humano concebido todavía no nacido que por el mundo resulta el más indefenso. Su madre y entorno son su defensa inmediata posible. No decimos del nasciturus ni del recién nacido que por su inocencia es la realidad del amor y la bondad. Sería falso porque como ser humano todavía no ha actuado lo suficiente. El bebé es un integrante de la especie humana esencialmente egoísta, individualista y puede ser potencialmente el ser más malvado y cruel. El mal es propio de la naturaleza humana. Como cristianos reconocemos que nacemos ya marcados por el pecado original y que a través de la vida temporal seremos  las personas más nobles y las más despreciables. La tentación del pecado y nuestra responsabilidad moral es permanente. Ya dijimos que sin embargo, el hombre no construye la moral sino que puede aplicar su libre albedrío para la aceptación de verdades eternas. Tiene preocupación moral. El hombre tiene ser moral y además de la fe por la Revelación, la ética recibida lo acerca –por la razón- a creer en Dios. Tiene libertad para elegir el bien por sobre la naturaleza individualista de la vida temporal. Nace libre para intentar la superación de condicionamientos naturales porque su creación por la voluntad de Dios tiene finalidad sobrenatural. ( ) Valores como el amor, la verdad, la justicia y la belleza, nos vienen impuestos desde afuera, son valores que nos llegan desde la realidad sobrenatural que nos trasciende. Esta es una abstracción difícil de asimilar, porque todo ser humano recibe de Dios el conocimiento moral y aun su libre albedrío por la gracia. El hombre tiene conocimiento moral aunque no crea en la existencia de Dios ni medite en su posibilidad.



En el mundo enfrentamos la realidad del mal y el sufrimiento necesarios para nuestra santidad.                                                                                                                                    Las leyes naturales son creadas por Dios y se cumplen en su plan también junto a Su intervención milagrosa.                                                                             
El misterio parece comprensible porque no bastan las calamidades naturales, enfermedades y otras contingencias propias del mundo temporal. ¿Cómo justificar nuestros reclamos a Dios cuando somos entusiastas y malignos pecadores?¡Cuánta maldad!

Pero al protestar ante Dios por el sufrimiento de inocentes y justos le estamos demostrando sinceramente nuestra confianza pese al misterio.                                                      Suplicamos Su clemencia ya para la vida temporal y especialmente rogamos por nuestros seres queridos y por la gracia de poder acompañarlos mientras seamos necesarios y con el valor para dar la vida por ellos.                                                                                             Jesús nos anima a dar la vida por nuestros amigos: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (San Juan 15,13).                                                                          Jesús resucitado dice a los once discípulos:” Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (San Mateo 28, 19 y 20).

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día...” Varias veces anuncia a sus discípulos que encontrarán odio y persecuciones por su nombre, al mismo tiempo que se revela como Señor de la Historia: “En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo” (San Juan 16,33).
Juan Pablo II llega a decir que parte del sentido del sufrimiento consiste en ser despertador de un amor compasivo y desinteresado hacia el prójimo sufriente. Y añade que las instituciones sanitarias, siendo indispensables, no pueden sustituir al corazón humano, pues no pueden compadecerse y amar (José Ramón Ayllón  | Arbil y Catholic.net)

Con nuestra libertad rogamos a Dios que mueva nuestra voluntad para elegir el bien contándonos entre sus elegidos para la salvación a la que nos predestina. Cuando menos debemos exhibir más “méritos” ante Dios que los muchos que demuestran la mascotas con nosotros. Recuerda Alonso Gracián a San Antonio María Claret cuando dice que el perro leal “hace voluntariamente lo que el amo le manda”. La voluntad del perro fiel es hacer también lo que quien ama quiere.

Si sólo procuramos tener individualmente la vida temporal más placentera posible ¿en qué nos diferenciaríamos de los despiadados? ¿Cómo un cristiano puede ser plenamente feliz rodeado de tanto sufrimiento prójimo? El sufrimiento ajeno pasa a ser nuestro con el sentimiento de compasión y todas las formas de caridad.
 
“Dios crea y cuida a criaturas libres. Decide que algunas cosas sucederán en la historia con necesidad (Encarnación, Pasión, Resurrección, Parusía); otras suceden según el plan amoroso y sabio de Dios con la colaboración libre de los hombres (asentimiento de María a la Encarnación, fundaciones, carismas diversos etc.); en otras, al tropezar con la voluntad rebelde y pecadora del hombre, reconduce el mal para bien, y donde abundó el pecado sobreabunda la misericordia”. Que “la divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último” no significa que no exista el libre albedrío (entrecomillado, del Catecismo de la Iglesia Católica y textos sobre la Providencia de Dios).


Dice Clive Staples Lewis: “Ésta transformación o santificación presupone el libre albedrío; el ser humano no puede buscar el bien por sí mismo, su libre albedrío consiste en decidir aceptar o no el bien que viene de parte de Dios. El libre albedrío es importante para que el ser humano muera a su ‘Yo’, lo cual sólo puede hacer con ayuda de Dios.

Afirma Pablo en Romanos 8:22-23: Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en muestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.” 


El sufrimiento y la felicidad presentes deben ser vistos según la óptica de la felicidad eterna, del futuro. Este pensamiento va acorde con el pensamiento del apóstol Pablo, que escribe: porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Romanos 8:18).






“Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Filipenses 1,21).                            

“Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos” (Mateo 5:12).

En la Gloria como comunidad bienaventurada por Su gracia y ya semejante al amoroso principio de nuestro ser, podremos gozar eternamente con felicidad suprema la visión y posesión de Dios.

El dogma católico de la Predestinación es tratado en el título “A modo de conclusión”.

Para Lewis, la elección humana tiene consecuencias eternas, y ya está hecha al entregar la vida a Dios.

Escribe en El Gran Divorcio (Un sueño), http://www.slideshare.net/saadaparte/c-s-lewis-el-gran-divorcio-desconocido#, capítulo 8

“Los mortales hablan de un dolor temporal que ‘ninguna bendición futura podría equilibrarlo’ sin saber que el cielo, una vez que se lo ha obtenido, trabaja hacia atrás y convierte en gloria cada sufrimiento.

El pasado del hombre bueno cambia y sus pecados adquieren cualidad de cielo. Por eso, al fin de los tiempos, cuando el sol se alce aquí, y allá el crepúsculo se vuelva negra oscuridad, los benditos dirán: ‘siempre hemos vivido en el cielo”. 
                                                                                                               





































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